Estando así tumbado, estalló el puente minado y él salió despedido hacia arriba y después cayó, víctima del fin del mundo. Cuando abrió los ojos, vio una cabeza gigantesca a su lado. Aspiró y el pecho se le llenó de agua. Estaba bajo el agua. Tenía a su lado, en las aguas poco profundas del Arno, una cabeza con barba. Alargó la mano hasta ella, pero ni siquiera pudo empujarla. La luz se filtraba dentro del río. Salió nadando a la superficie, parcialmente en llamas.


Cuando contó esa historia a Hana horas más tarde, aquella misma noche, ella dijo:

«Dejaron de torturarte porque se acercaban los Aliados. Los alemanes estaban abandonando la ciudad, al tiempo que volaban los puentes.»

«No sé. Tal vez yo les contara todo. ¿De quién sería aquella cabeza? No cesaba de sonar el teléfono en aquella habitación. Se hacía el silencio, aquel hombre se alejaba de mí y todos ellos lo miraban escuchar el silencio de la otra voz, que no podíamos oír. ¿De quién era la voz? ¿De quién la cabeza?»

«Se marchaban, David.»


Hana abrió El último mohicano por la página en blanco del final y se puso a escribir en ella.


Está aquí un hombre llamado Caravaggio, un amigo de mi padre. Siempre le he querido. Es mayor que yo, unos cuarenta y cinco años, me parece. Está sumido en las tinieblas. Por una razón que desconozco, este amigo de mi padre me cuida.


Cerró el libro y después bajó a la biblioteca y lo escondió en uno de los estantes superiores.


El inglés se había quedado dormido y -como siempre, despierto o dormido- respiraba por la boca. Hana se levantó de la silla y le quitó con suavidad la vela encendida que sujetaba en las manos. Se acercó a la ventana y la apagó fuera, para que no entrara el humo en el cuarto. No le gustaba verlo ahí tumbado con una vela en las manos, remedando una postura fúnebre y con la cera cayéndole en la muñeca sin que lo notara. Como si estuviera preparándose, como si desease meterse en su propia muerte imitando su atmósfera y su luz.



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