Se quedó junto a la ventana y se agarró el pelo con fuerza y tiró de él. Si cortas una vena en la obscuridad, en cualquier momento después del anochecer, la sangre parece negra.

Tenía que salir del cuarto. De repente se sintió rebosante de energía y claustrofobia. Recorrió el pasillo a grandes zancadas, bajó la escalera saltando y salió a la terraza de la villa, luego alzó la vista, como si intentara divisar la figura de la muchacha de la que acababa de alejarse. Volvió a entrar en el edificio. Empujó la rígida y alabeada puerta, entró en la biblioteca, quitó las tablas que tapaban las puertas vidrieras en el otro extremo de la sala y las abrió para dejar correr el aire de la noche. Ignoraba dónde estaría Caravaggio. Ahora pasaba fuera la mayoría de las noches y solía regresar unas horas antes del amanecer. En cualquier caso, no había rastro de él.

Asió la tela gris que cubría el piano y la arrastró hasta un rincón de la sala, como si fuera un rollo de tela, una red de pesca.

No había luz. Oyó el estruendo lejano de un trueno.

Ahora estaba de pie delante del piano. Sin bajar la vista, sólo las manos, empezó a tocar acordes reduciendo la melodía a un esqueleto. Después de cada grupo de notas, hacía una pausa, como si sacara las manos del agua para ver lo que había atrapado, y después proseguía colocando los huesos principales de la melodía. Aminoró aún más los movimientos de sus dedos. Cuando dos hombres se introdujeron por las puertas vidrieras, colocaron sus fusiles en el extremo del piano y, se plantaron delante de ella, tenía la vista clavada en el teclado. Los acordes siguieron resonando en la alterada atmósfera de la sala.

Con los brazos pegados a los costados y un pie descalzo en el pedal de los bajos, siguió interpretando la canción que su madre le había enseñado, que había practicado en cualquier superficie: una mesa de cocina, una pared, mientras subía al piso superior, su propia cama antes de quedarse dormida.



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