
Cuando los destellos de relámpago invadían la sala, los hombres, con la ropa empapada, contemplaban sus manos, que ahora acompañaban los relámpagos y truenos o les hacían contrapunto en los intervalos de obscuridad. Había tal concentración en su rostro, que los soldados se sentían invisibles, mientras ella se esforzaba por recordar la mano de su madre rasgando un periódico, mojándolo bajo un grifo de la cocina y usándolo para borrar de la mesa las notas dibujadas, el infernáculo de notas, tras lo cual iba a su clase semanal en la sala de actos del centro comunitario, donde tocaba sin alcanzar aún los pedales con los pies, estando sentada, por lo que prefería permanecer de pie con la sandalia veraniega en el pedal izquierdo, mientras el metrónomo marcaba el compás.
No quería terminar, renunciar a aquellas palabras de una canción antigua. Veía los lugares a los que iban, que la pandilla no conocía, invadidos por la aspidistra. Alzó la vista y les hizo una seña con la cabeza para indicar que ya estaba a punto de concluir.
Caravaggio no vio aquella escena. Cuando volvió, encontró a Hana y los dos soldados de una unidad de zapadores preparándose bocadillos en la cocina.
III. CIERTA VEZ UN FUEGO
La última guerra medieval fue la que tuvo por escenario Italia en 1943 y 1944. Los ejércitos de nuevos reyes se lanzaron irreflexivos contra ciudades fortificadas, encaramadas en altos promontorios, que diferentes bandos se habían disputado desde el siglo VIII. En torno a los afloramientos de rocas, el trasiego de camillas arrasó los viñedos, donde, si se excavaba bajo los surcos dejados por los tanques, se encontraban hachas y lanzas. Monterchi, Cortona, Urbino, Arezzo, Sansepolcro, Anghiari y después la costa.
