
Los gatos dormían en las torretas de los cañones mirando hacia el Sur. Ingleses, americanos, indios, australianos y canadienses avanzaban hacia el Norte y las granadas estallaban y, tras dejar un rastro, se disolvían en el aire. Cuando los ejércitos se agruparon en Sansepolcro, ciudad cuyo símbolo es la ballesta, algunos soldados compraron esas armas y las dispararon de noche y en silencio por encima de las murallas de la inexpugnable ciudad. El mariscal de campo Kesselring, del ejército alemán en retirada, acarició en serio la idea de verter aceite hirviendo desde las almenas.
Fueron a buscar a medievalistas en las facultades de Oxford y los enviaron por avión a Umbría. Frisaban en los sesenta años por término medio. Los alojaron con la tropa y, en las reuniones con el mando estratégico, aquellos ancianos olvidaban una y otra vez que se había inventado el aeroplano. Hablaban de las ciudades en función del arte que encerraban. En Monterchi estaba la Madonna del Parto de Piero della Francesca, situada en la capilla contigua al cementerio de la ciudad. Cuando por fin se tomó el castillo del siglo XIII durante la lluviosa primavera, la tropa, alojada bajo la alta cúpula de la iglesia, durmió junto al púlpito de piedra en el que aparece representada la muerte de la Hidra a manos de Hércules. El agua no era potable. Muchos murieron de tifus y otras fiebres. Al mirar hacia arriba con sus prismáticos militares en la iglesia gótica de Arezzo, los soldados se encontraban con los rostros de sus contemporáneos en los frescos de Fiero della Francesca. La reina de Saba conversando con el rey Salomón. Al lado, una ramita del Árbol del Bien y del Mal en la boca de Adán muerto. Años después, aquella reina iba a comprender que el puente sobre el Siloé estaba hecho con madera de aquel árbol sagrado.
