Oyó gritar a los guardas en la entrada y después acudir corriendo, cuando ya sólo faltaban treinta segundos para que se apagara la bengala. Se revolvió y pasó el fusil al capellán. «Ése. ¿Quién es? En las tres en punto, noroeste. ¿Quién es? Rápido, que se apaga la bengala.»

El capellán se colocó el fusil en el hombro y lo giró hacia el rincón y en aquel momento se apagó la bengala.

Devolvió el fusil al joven sij.

«La verdad es que vamos a tener un disgusto todos por haber iluminado con estas armas la Capilla Sixtina. Yo no debería haber venido aquí, pero también debo dar las gracias al sargento Shand, ha sido una heroicidad por su parte. Supongo que no habremos causado ningún daño.»

«¿La ha visto? La cara. ¿Quién era?»

«Ah, sí, es un rostro admirable.»

«Lo ha visto.»

«Sí. Era Isaías.»


Cuando el VIII Ejército llegó a Gabicce, en la costa oriental, el zapador iba al mando de una patrulla nocturna. La segunda noche recibió por radio la comunicación de que había movimientos del enemigo en el agua. La patrulla lanzó una granada, que produjo una erupción en el agua, una severa advertencia. No acertaron, pero con el haz blanco de la explosión distinguió una silueta más obscura en movimiento. Alzó el fusil y la tuvo en la mira durante todo un minuto, pero prefirió no disparar y ver si había otros movimientos cerca. El enemigo seguía acampado más al norte, a las afueras de Rímini. Tenía la sombra en la mira, cuando se iluminó de repente la aureola de la Virgen María. Salía del mar.

Iba de pie en una barca. Dos hombres remaban. Otros dos la sostenían derecha y, cuando tocaron la playa, los habitantes de la ciudad empezaron a aplaudir desde sus obscuras ventanas abiertas.



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