El zapador veía la cara blanca y la aureola que formaban las lamparitas, alimentadas con pilas. Estaba tumbado en el fortín de hormigón, entre la ciudad y el mar, y la miraba, cuando los cuatro hombres bajaron de la barca y alzaron la estatua de yeso de metro y medio de altura. Cruzaron la playa sin detenerse, sin vacilar por miedo a las minas. Tal vez hubieran visto cómo las enterraban los alemanes y supiesen dónde se encontraban. Sus pies se hundían en la arena. Era en Gabicce Mare, el 29 de mayo de 1944: la fiesta de la Virgen María, Reina de los Mares.

Las calles estaban invadidas de adultos y niños. También habían aparecido hombres con uniformes de la banda, aunque ésta no tocaba para no violar el toque de queda, pero los instrumentos, inmaculados y brillantes, formaban también parte de la ceremonia.

Salió de la obscuridad, con el cañón del mortero atado a la espalda y el fusil en las manos. Su turbante y sus armas los sobresaltaron. No se esperaban que fuese a surgir también él de la tierra de nadie que era la playa.

Alzó el fusil y enfocó la cara de la Virgen en el punto de mira: sin edad, asexuada, las obscuras manos de los hombres en primer plano intentando llegar hasta su luz, la graciosa inclinación de las veinte bombillitas. La figura llevaba un manto azul pálido y tenía la rodilla izquierda ligeramente alzada para sugerir el efecto del ropaje.

No eran gente romántica. Habían sobrevivido a los fascistas, los ingleses, los galos, los godos y los alemanes. Habían estado sometidos tan a menudo, que ya nada significaba para ellos. Pero aquella cara de yeso azul y blanco había llegado del mar y la colocaron en un camión de la vendimia lleno de flores, mientras la banda la precedía en silencio. Fuera cual fuese la protección que había de dar el zapador a aquella ciudad, carecía de sentido. No podía pasearse con sus armas por entre los niños vestidos de blanco.



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