
– ¿De veras? -Los ojos de la mujer se desviaron hacia la maleta-. Ustedes deben ser el señor y la señora St. James. Bienvenidos. Les daremos Tragaluz.
– ¿Tragaluz?
– La habitación. Es la mejor. Me temo que un poco fría en esta época del año, pero hemos puesto una estufa más.
«Fría» no hacía justicia a la temperatura de la habitación donde les condujo, dos tramos de escalera más arriba, en la parte más alta del hotel. Aunque la estufa funcionaba a tope y enviaba palpables oleadas de calor, las tres ventanas y los dos tragaluces adicionales de la habitación actuaban como transmisores del frío exterior. Acercarse a medio metro de ellas suponía penetrar en un campo de hielo.
La señora Wragg corrió las cortinas.
– La cena se sirve desde las siete y media hasta las nueve. ¿Quieren algo antes? ¿Han tomado té? Josie les preparará una tetera, si lo desean.
– Yo no quiero nada -dijo St. James-. ¿Deborah?
– No.
La señora Wragg asintió. Frotó los brazos con sus manos.
– Bien -dijo. Se agachó para coger un hilo blanco de la alfombra. Lo anudó alrededor de un dedo-. El baño es aquella puerta. Cuidado con la cabeza. El dintel es un poco bajo, pero todos lo son. Es el edificio. Es antiguo, ya saben.
– Sí, por supuesto.
La mujer se acercó a la cómoda, situada entre las dos ventanas delanteras, y efectuó mínimos ajustes en un espejo móvil, y algunos más en el pañito de encaje sobre el que descansaba.
– Aquí tienen más mantas -explicó, mientras abría el ropero. Palmeó el tapizado de zaraza de la única silla de la habitación-. De Londres, ¿verdad? -añadió, cuando resultó evidente que no podía hacer nada más.
– Sí -contestó St. James.
– No viene mucha gente de Londres.
– La distancia es bastante grande.
– No, no es eso. Los londinenses van al sur. Dorset, Cornualles. Todo el mundo lo hace.
