Se acercó a la pared situada detrás de la silla y movió uno de los dos grabados que colgaban, una copia de Dos chicas al piano, de Renoir, montada sobre un tapete blanco que empezaba a amarillear por los bordes.

– Hay muy poca gente a la que le guste el frío -dijo.

– Tiene mucha razón.

– Los del norte también van a Londres. Persiguen sueños, creo. Como Josie. ¿Les…? Supongo que les hizo preguntas sobre Londres.

St. James miró a su mujer. Deborah había abierto la maleta sobre la cama. Al oír la pregunta, dejó lo que estaba haciendo y se levantó, con una bufanda gris en las manos.

– No -dijo-. No habló de Londres.

La señora Wragg cabeceó, y después alumbró una fugaz sonrisa.

– Bien, eso es bueno, ¿no? Porque a la muchacha se le ocurren toda clase de maldades cuando se trata de algo que pueda alejarla de Winslough. -Se frotó las manos y las enlazó sobre la cintura-. Bien. Han venido en busca de aire puro y buenas caminatas. Tenemos en abundancia. Por los páramos, los campos, las colinas. El mes pasado nevó. La primera vez que nevaba en estos parajes desde hacía años, pero ahora solo hay escarcha. «La nieve de los tontos», como decía mi madre. Todo se llena de barro, pero espero que hayan traído botas.

– Así es.

– Estupendo. Pregunten a mi Ben, el señor Wragg, cuál es el mejor sitio para ir a pasear. Nadie conoce esta tierra como mi querido Ben.

– Gracias -dijo Deborah-. Lo haremos. Tenemos ganas de dar paseos, y también de ver al vicario.

– ¿Al vicario?

– Sí.

– ¿Al señor Sage?

– Sí.

La mano derecha de la señora Wragg se deslizó desde su cintura hasta el cuello de la blusa.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Deborah. St. James y ella intercambiaron una mirada-. El señor Sage sigue en la parroquia, ¿verdad?

– No. Está… -La señora Wragg apretó los dedos contra el cuello y completó su pensamiento a toda prisa-. Supongo que habría ido a Cornualles. Como todo el mundo, por así decirlo.



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