
– ¿Qué significa eso? -preguntó St. James.
– Es… -La mujer tragó saliva-. Es el lugar donde está enterrado.
2
Polly Yarkin pasó un trapo húmedo sobre la encimera y lo dobló pulcramente al borde del fregadero. Era un trabajo inútil. Nadie había utilizado la cocina del vicario durante las últimas cuatro semanas y, a juzgar por los indicios, pasarían más semanas antes de que alguien la utilizara, pero seguía acudiendo diariamente a la vicaría, como había hecho durante los últimos seis años, y cuidaba de la casa ahora al igual que en vida del señor Sage y sus dos jóvenes predecesores, cada uno de los cuales había pasado tres años en el pueblo, antes de encaminarse hacia metas más importantes. Si es que existía algo similar en la Iglesia anglicana.
Polly se secó las manos con un paño de cocina a cuadros y lo dejó en el estante que corría sobre el fregadero. Aquella mañana había encerado el suelo de linóleo, y quedó complacida cuando observó su reflejo en la prístina superficie. No era un reflejo perfecto, por supuesto. Un suelo no era un espejo, pero veía con bastante nitidez los rizos de cabello rojizo que escapaban al apretado nudo de la bufanda en su nuca. Y también podía ver, demasiado bien, la silueta de su cuerpo, la espalda encorvada por el peso de sus pechos como melones.
Los riñones le dolían como siempre, y las tirillas del sujetador rebosante se le clavaban en los hombros. Deslizó el dedo índice bajo una y se encogió cuando, al aligerar la presión sobre un hombro, descargó todo el peso sobre el otro. Qué suerte tienes, Poli, habían cloqueado sus compañeras de colegio menos desarrolladas, los chicos se vuelven locos solo de pensar en ti. Y su madre había dicho, concebida en el círculo, bendecida por la diosa, con su típico estilo criptomaternal, y le había propinado un palmetazo en el culo la primera y última vez que la muchacha había insinuado someterse a una operación quirúrgica para aliviar el peso que colgaba como plomo de su pecho.
