Hundió los puños en la parte inferior de la espalda y echó un vistazo al reloj de pared, que colgaba sobre la mesa de la cocina. Las seis y media. Nadie acudiría ya a la vicaría a estas horas. Era absurdo demorarse más.

En realidad, no existían motivos que explicaran la continua presencia de Polly en casa del señor Sage. Aun así, iba cada mañana y se quedaba hasta después de oscurecer. Sacaba el polvo, limpiaba y decía a los capilleros de la iglesia que era importante, incluso crucial en aquella época del año, tener la casa preparada para el sustituto del señor Sage. Mientras trabajaba, no dejaba de vigilar el menor movimiento del vecino más próximo a la vicaría.

Lo hacía cada día desde el fallecimiento del señor Sage, cuando Colin Shepherd había venido por primera vez con su cuaderno de policía y sus preguntas de policía para examinar las pertenencias del señor Sage con sus tranquilos y expertos modales de policía. Solo le dedicaba una mirada cuando ella abría la puerta cada mañana. Decía hola, Polly, y desviaba la vista. Se encaminaba al estudio o al dormitorio del vicario; en ocasiones, se sentaba a examinar el correo. Tomaba notas y contemplaba durante largos minutos la agenda del señor Sage, como si la inspección de los compromisos del vicario pudiera proporcionarle la clave de su muerte.

Háblame, Colin, deseaba decirle cuando estaba en la casa. Como antes. Vuelve a mí. Seamos amigos.

Pero no decía nada. A cambio, le ofrecía té. Y cuando él lo rechazaba: «No, gracias, Polly, me iré enseguida», ella reanudaba su trabajo, sacaba brillo a los espejos, limpiaba la parte interior de las ventanas, frotaba retretes, suelos, lavabos y bañeras hasta que las manos le dolían y la casa resplandecía. Siempre que podía, le observaba y catalogaba los detalles destinados a hacer más llevadero su peso. Colin tiene la mandíbula demasiado cuadrada. Los ojos son de un verde muy bonito, pero demasiado pequeños. Se peina de una manera curiosa, intenta echarse el pelo hacia atrás, siempre con la raya en medio, y luego le cae hacia delante hasta cubrir su frente. No para de toquetearlo, y utiliza los dedos a modo de peine.



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