Pero los dedos le robaban el aliento, y allí terminaba el inútil catálogo. Tenía las manos más bonitas del mundo.

Por culpa de aquellas manos y el pensar en los dedos resbalando sobre su piel, siempre terminaba donde había empezado. Háblame, Colin. Como antes.

El nunca lo hacía, y así estaba bien, porque Polly, en realidad, no deseaba que fuera como antes entre ellos.

La investigación concluyó demasiado pronto para su gusto. Colin Shepherd, policía del pueblo, leyó el resultado de sus pesquisas, con voz serena, en la encuesta del juez de instrucción. Había ido como todos los demás habitantes del pueblo, que se apretujaban en el gran salón del hostal. Pero, al contrario que los demás, solo había ido para ver a Colin y oírle hablar.

– Muerte accidental -anunció el juez-, por envenenamiento fortuito.

El caso quedó cerrado.

Sin embargo, cerrar el caso no puso fin a los susurros, las insinuaciones o la realidad de que en un pueblo como Winslough «envenenamiento» y «fortuito» constituían, una clara invitación a las habladurías y una indudable contradicción en los términos. Por lo tanto, Polly había seguido en su puesto, y cada mañana llegaba a la vicaría a las siete y media, con la esperanza de que el caso se reabriera y Colin regresara.

Se dejó caer en una silla de la cocina, cansada, y deslizó los pies en las botas de trabajo que había dejado aquella mañana sobre la creciente pila de periódicos. Nadie había pensado en cancelar las suscripciones del señor Sage. Había estado demasiado ocupada pensando en Colin. Lo haría mañana, decidió. Tendría una excusa para volver de nuevo.

Cuando cerró la puerta principal, se detuvo unos instantes en los peldaños de la vicaría para liberar el pelo de la bufanda que lo sujetaba.



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