
Resbaló en una piedra, medio kilómetro más adelante, y Brendan la cogió por el brazo.
– Cuidado -la previno.
Notó la presión de sus dedos contra el seno. A cada paso que daba, los dedos subían y bajaban, como la parodia de una caricia.
Se encogió de hombros, con la esperanza de soltarse. Brendan afianzó su presa.
– Era una Craigie Stockwell -dijo Brendan con timidez, para romper el incómodo silencio.
Polly arrugó el entrecejo.
– Craigie ¿qué?
– La alfombra de la mansión. Una Craigie Stockwell. De Londres. Está hecha un asco. El desagüe de la pila estaba obturado con un trapo. Desde el viernes por la noche, diría yo. Parecía que hubiera manado agua durante todo el fin de semana.
– ¿Y nadie se dio cuenta?
– Habíamos ido a Manchester.
– ¿No vigila nadie cuando van los obreros, para comprobar que todo esté en orden?
– ¿Te refieres a la señora Spence? -Brendan meneó la cabeza-. Se limita a comprobar las puertas y ventanas.
– Pero ¿no debería…?
– No es un guardia de seguridad, e imagino que estar sola la pone nerviosa. Sin un hombre, quiero decir. Es un lugar solitario.
Sin embargo, Polly sabía que había ahuyentado a unos intrusos, al menos en una ocasión. Había oído el disparo. Y luego, unos minutos después, los pasos frenéticos de dos o tres personas que corrían sin dejar de gritar, y luego el rugido de una moto. La noticia se esparció por el pueblo. Con Juliet Spence no se jugaba.
Polly se estremeció. Se había levantado viento. Soplaba en ráfagas breves y gélidas que atravesaban el desnudo seto de espinos que bordeaba la carretera. Albergaba la promesa de un amanecer aún más abundante en escarcha.
