
– Tienes frío -dijo Brendan.
– No.
– Estás temblando, Polly. Ven. -La rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí-. Así está mejor, ¿eh? -Polly no contestó-. Caminamos juntos al mismo paso, ¿verdad? ¿Te has dado cuenta? Si me rodeas la cintura con el brazo, aún andaremos mejor.
– Brendan.
– Esta semana no has ido al pub. ¿Por qué?
Guardó silencio. Removió los hombros. Brendan no la soltó.
– Polly, ¿has estado en Cotes Fell?
La joven notó frío en las mejillas. Se deslizó como tentáculos cuello abajo. Ah, pensó, ya ha sucedido. Porque él la había visto en aquel lugar una noche del otoño pasado. Había oído su petición. Sabía lo peor.
Brendan prosiguió en tono desenvuelto.
– Creo que cada día me gusta más ir a pasear por la montaña. He subido al embalse tres veces… He dado un largo paseo por el canal de Bowland, y otro cerca de Claughton, en Beacon Fell. El aire es puro. ¿Te fijaste, al llegar a la cumbre? Bueno, supongo que estás demasiado ocupada para hacer excursiones.
Ahora lo dirá, pensó ella. Ahora anunciará el precio que he de pagar por su silencio.
– Con tantos hombres en tu vida.
La alusión era un acertijo.
Brendan la miró fijamente.
– Tiene que haber hombres. A montones, diría yo. Será por eso que no has ido al pub. Ocupada, ¿eh? Citas, quiero decir. Alguien especial, sin duda.
Alguien especial. Polly lanzó una triste carcajada.
– Hay alguien, ¿verdad? Una mujer como tú. Ningún hombre se podría resistir, si tuviera la menor oportunidad. Yo no. Eres increíble. Cualquiera lo ve.
Apagó la linterna y la guardó en el bolsillo. Cogió su brazo con la mano ahora libre.
– Eres tan guapa, Polly -dijo, y se acercó más-. Hueles bien. Tu tacto es enloquecedor. El tío que no se dé cuenta de eso necesita que le miren la cabeza.
Aminoró el paso hasta detenerse. Era lógico, se dijo Polly. Habían llegado al camino a cuyo lado se alzaba la casa donde ella vivía. Brendan la volvió hacia él.
