
– Polly -dijo con voz perentoria. Le acarició la mejilla-. Siento tantas cosas por ti. Sé que te has dado cuenta. ¿Me dejarás…?
Los faros de un coche les atraparon como conejos en su haz de luz. No venía por la carretera de Clitheroe, sino que traqueteaba y se bamboleaba por la pista que ascendía a Cotes Hall. Como conejos, petrificados, una mano de Brendan sobre la mejilla de Polly, la otra en su brazo. Sus intenciones eran inconfundibles.
– ¡Brendan! -dijo Polly.
El hombre dejó caer las manos y se alejó medio metro, pero ya era demasiado tarde. El coche se acercó a ellos lentamente, y después aminoró todavía más la velocidad. Era un viejo Land Rover verde, manchado debarro y mugriento, pero el parabrisas y las ventanas estaban muy limpios.
Polly ladeó la cabeza, no tanto por temor a que la vieran y hablaran de ella -sabía que nada iba a impedirlo-, como por no ver al conductor o a la mujer de cabello grisáceo y rostro anguloso sentada a su lado. Polly lo vio todo con la mayor vividez, sin intentarlo siquiera, el brazo de la mujer extendido de modo que las yemas de sus dedos descansaban sobre la nuca del conductor. Tocaban y removían aquel cabello color jengibre, indisciplinado, peinado hacia atrás.
Colin Shepherd y la señora Spence se disponían a pasar otra agradable velada juntos. Los Dioses recordaban a Polly Yarkin sus pecados.
Malditos sean el viento y el aire, pensó Polly. No era justo. Todo le salía mal, hiciera lo que hiciese. Cerró la puerta con furia a su espalda y descargó un solo puñetazo sobre la madera.
– ¿Polly? ¿Eres tú, cariño?
Oyó el sonido de los vigorosos pasos de su madre en la sala de estar, acompañado de su respiración sibilante y el tintineo de joyas, pulseras, collares, doblones de oro, cualquier cosa que a su madre le apeteciera ponerse cuando llevaba a cabo su tocado matinal de invierno.
