
– Soy yo, Rita -contestó-. ¿Quién, si no?
– No sé, cariño. ¿Algún mozo guapo dispuesto a compartir una salchicha? Hay que estar siempre a punto para lo inesperado. Ese es mi lema.
Rita rió y resolló. Su perfume la precedió como un heraldo oloroso. Giorgio. Lo esparcía a cucharadas. Llegó a la puerta de la sala de estar y la ocupó por completo; era una mujer enorme, una masa informe del cuello a las rodillas. Se apoyó en el quicio para recuperar el aliento. La luz de la entrada arrancó destellos de los collares que colgaban sobre su gigantesco pecho. Arrojó una grotesca sombra de Rita sobre la pared y convirtió una de sus papadas en una barba de carne.
Polly se agachó para desanudar sus botas. Las suelas estaban llenas de barro, un detalle que no escapó a su madre.
– ¿Dónde has estado, cariño? -Rita agitó uno de los collares, una pieza compuesta de grandes cabezas de gato modeladas en latón-. ¿Has ido a dar un paseo?
– La carretera está cubierta de barro -gruñó Polly, mientras se quitaba una bota y forcejeaba con la segunda. Los cordones estaban mojados, y tenía los dedos entumecidos-. Invierno. ¿Ya has olvidado cómo es?
– Ojalá. ¿Cómo va por la metrópolis?
Dijo metrópolis. A propósito. Formaba parte de su personalidad. Adoptaba una falsa ignorancia cuando estaba en el pueblo, una prolongación del estilo general al que se adhería cuando pasaba los inviernos en Winslough. En primavera, verano y otoño, era Rita Rularski, lectora de tarot, piedras y palmas. Desde su local de Blackpool adivinaba el futuro, interpretaba el pasado e iluminaba el presente, reacio e inquietante, a cualquiera dispuesto a pagar en metálico. Rita recibía con idéntico aplomo a todos sus clientes -habitantes, turistas, visitantes de paso, amas de casa curiosas, damas elegantes en busca de emociones-, ataviada con un caftán capaz de albergar a un elefante y un pañuelo de alegres colores que cubría su enmarañado cabello grisáceo.
