
– Bueno, ya es hora de que vuelvas a casa -le dijo, levantándola y sujetando la muñeca entre los pechos de los dos-. Haremos que mamá la componga, ¿eh? Lavaremos y plancharemos su ropa, y volveremos a pegarle los cabellos. Yo te haré unos alfileres mejores con estas perlas, para que no puedan caerse y puedas peinarla como quieras.
Fiona Cleary estaba en la cocina, mondando patatas. Era guapa, muy rubia, de estatura ligeramente inferior a la mediana, pero de facciones más bien duras y severas; tenía una excelente figura y su cintura era delgada, a pesar de los seis hijos que había tenido. Llevaba un vestido de percal gris, con la falda rozando el inmaculado suelo y la parte delantera protegida por un gran delantal blanco almidonado, sujeto alrededor del cuello y atado atrás con un lazo rígido y perfecto. Desde que se levantaba hasta que se iba a dormir, vivía en la cocina y en el huerto de detrás de la casa, y sus recias botas negras trazaban un sendero circular desde la cocina al lavadero y al huerto y al tendedero, hasta volver a la cocina.
Dejó el cuchillo sobre la mesa y miró fijamente a Frank y a Meggie, frunciendo las comisuras de su linda boca.
– Meggie, dejé que te pusieras esta mañana tu mejor vestido de los domingos, con la condición de que no te lo ensuciaras. ¡Y mira cómo lo has puesto! ¡Estás hecha un asquito!
– No ha tenido ella la culpa, mamá -protestó Frank-. Jack y Hughie le quitaron la muñeca para ver cómo funcionaban los brazos y las piernas. Yo le prometí arreglársela y dejarla como nueva. Podemos hacerlo, ¿verdad?
– Vamos a ver -dijo Fee, alargando la mano para coger la muñeca.
Era una mujer callada, poco dada a la conversación espontánea. Nadie, ni siquiera su marido, sabía nunca lo que estaba pensando; dejaba en manos de éste la disciplina de sus hijos y hacía lo que él mandaba, sin quejas ni comentarios, a menos que las circunstancias fuesen muy extraordinarias. Meggie había oído murmurar a los chicos que le tenía tanto miedo a papá como ellos mismos; pero, si esto era verdad, sabía disimularlo bajo la capa de una tranquilidad impenetrable y ligeramente agria. Nunca reía, ni perdía los estribos jamás.
