
Terminada su inspección, dejó a Agnes sobre la mesa de la cocina, cerca del horno, y miró a Meggie.
– Mañana por la mañana le lavaré la ropa y la peinaré. Supongo que Frank podrá pegarle los cabellos esta noche, después del té, y darle un baño.
Sus frases eran prácticas, más que consoladoras. Meggie asintió con la cabeza, sonriendo vagamente; a veces, tenía unas ganas enormes de oír reír a su madre, pero ésta nunca lo hacía. Tenía la impresión de que las dos compartían algo especial que no tenían papá y los chicos, pero no podía adivinar lo que había detrás de aquella espalda rígida y de aquellos pies que nunca estaban quietos. Mamá movió distraídamente la cabeza y trasladó con habilidad la voluminosa falda del horno a la mesa, mientras seguía trabajando, trabajando, trabajando.
Lo que no advertía ninguno de los chicos, salvo Frank, era que Fee estaba siempre, irremediablemente, cansada. Había demasiadas cosas que hacer, poco dinero para hacerlas, y faltaba tiempo y sólo tenía dos manos. Esperaba con ilusión el día en que Meggie fuera lo bastante mayor para ayudarla; la niña hacía ya tareas sencillas, pero, a sus cuatro años recién cumplidos, difícilmente podía aliviar su carga. Había tenido seis hijos, y sólo uno de ellos, el menor, había sido niña. Todas sus amigas la compadecían y la envidiaban al mismo tiempo, pero esto no aligeraba su trabajo. En la cesta de costura había un montón de calcetines todavía sin zurcir; en las agujas de hacer punto había otro calcetín sin terminar, y a Hughie se le estaba quedando pequeño el jersey, y Jack no podía aún dejarle el suyo.
