
Meggie langó un chillido agudo y fuerte, que no parecía infantil; tiró a Agnes a lo lejos y siguió gritando, tapándose la cara con las manos, estremecida y temblorosa. Entonces sintió que Frank le tiraba de los dedos y la tomaba en brazos y hacía que apoyase la cara en un lado de su cuello. Ella le abrazó y empezó a consolarse, y esta proximidad la calmó lo suficiente para advertir lo bien que olía él, a caballos, a sudor y a hierro.
Cuando se hubo tranquilizado, Frank hizo que se lo explicase todo; cogió la muñeca y contempló intrigado la cabeza vacía, tratando de recordar si su universo infantil se había visto atacado por tan extraños terrores. Pero sus fantasmas sólo eran de personas v de murmullos y de miradas frías. De la cara de su niadre, arrugada y desencajada, de su mano temblorosa asiendo la suya, de sus hombros caídos.
¿Qué había visto Meggie, para impresionarse tanto? Supuso que se habría asustado menos si la pobre Agnes hubiese sangrado al serle arrancados los cabellos. Sangrar era algo real; en la familia Cleary, alguien sangraba copiosamente, al menos una vez a la semana.
– ¡Sus ojos, sus ojos! -murmuró Meggie, negándose a mirar de nuevo la muñeca.
– Es una maravilla, Meggie -susurró él, hundiendo la cara en los cabellos de la niña, tan finos, tan espesos, tan llenos de color.
Necesitó media hora de arrumacos para conseguir que mirase a Agnes, y otra media hora para persuadirla de que echase un vistazo al cráneo perforado. Entonces, le enseñó cómo funcionaban los ojos, con qué cuidado habían sido colocados en su sitio, de modo que se abriesen y cerrasen fácilmente.
