
Padraic Cleary estaba en casa la semana del cumpleaños de Meggie, por pura casualidad. Era demasiado pronto para esquilar los corderos, y tenía algún trabajo de arado y de plantación en el lugar. Era esquilador de oficio, una ocupación de temporada que duraba desde mediados del verano hasta finales del invierno, después de lo cual llegaba la época de parir las ovejas. Generalmente, conseguía trabajo suficiente para aguantar la primavera y el primer mes del verano, ayudando en las parideras, arando o supliendo a algún granjero local en sus interminables ordeños dos veces al día. Donde había trabajo, allá iba él, dejando que su familia se las arreglase en el viejo caserón; un comportamiento menos duro de lo que podría parecer, pues, a menos que uno tuviese la suerte de poseer tierras propias, no podía hacer otra cosa.
Cuando llegó, un poco después de ponerse el sol, las lámparas estaban encendidas, y las sombras jugaban revoloteando en el alto techo. Los chicos, a excepción de Frank, -estaban en la galería de atrás jugando con una rana; Padraic sabía dónde estaba Frank, porque podía oír los golpes regulares del hacha en la dirección de la leñera. Se detuvo en la galería el tiempo justo para dar un puntapié en el trasero a Jack y agarrar a Bob de una oreja.
– Id a ayudar a Frank con la leña, pequeños haraganes. Y será mejor que estéis listos antes de que mamá ponga el té en la mesa, si no queréis que os despelleje y os tire de los pelos.
Saludó con la cabeza a Fiona, atareada en la cocina; no la besó ni la abrazó, pues consideraba que las manifestaciones de afecto entre marido y mujer sólo eran buenas en el dormitorio. Mientras se quitaba el barro de las botas con el atizador, llegó Meg-gie deslizándose sobre sus zapatillas, y él le hizo un guiño a la niña, sintiendo aquella extraña impresión de asombro que siempre experimentaba al verla. Era tan bonita, tenía unos cabellos tan hermosos… Le asió un rizo, lo estiró y lo soltó, sólo para ver cómo se retorcía y saltaba al caer de nuevo en su sitio. Después, levantó a la pequeña y fue a sentarse en la única silla colocada cerca del fuego. Meggie se acurrucó en sus piernas y le rodeó el cuello con los brazos, levantando la fresca carita hacia la de su padre, para el juego nocturno de ver filtrarse la luz a través de los cortos pelos de la rubia barba.
