
Era muy bajito, menos de un metro sesenta, y delgado como correspondía a un mozalbete, pero los hombros y los brazos desnudos mostraban ya músculos nudosos de tanto trabajar con el martillo, y la pálida y lisa piel brillaba a causa del sudor. La negrura de su cabello y de sus ojos mostraba un matiz exótico, y sus gruesos labios y ancha nariz le distinguían de su familia, pero su madre tenía sangre maorí, y quizás ésta se manifestaba en él. Pronto cumpliría dieciséis años, mientras que Bob aún no había cumplido los once; Jack tenía diez, Hughie nueve, Stuart cinco y la pequeña Meggie tres. Pero entonces recordó que aquel día cumplía Meggie los cuatro, pues, era 8 de diciembre. Se puso la camisa y salió del henil.
La casa estaba, situada en la cima de una pequeña colina, unos treinta metros más alta que el henil y los establos. Como todas las casas de Nueva Zelanda, era de madera, ocupaba mucho espacio y tenía un solo piso, de acuerdo con la teoría de que, si se producía un terremoto, algo quedaría en pie. A su alrededor, crecían aulagas en todas partes, adornadas ahora de bellas flores amarillas; la hierba era verde y lozana, como toda la de Nueva Zelanda. Ni siquiera en mitad del invierno, cuando la escarcha no se fundía en todo el día a la sombra, se agostaba la hierba, y el largo y suave verano sólo le daba un verde más vivo. Las lluvias caían mansamente, sin dañar los tiernos retoños de todas las cosas que crecían; no nevaba, y el sol tenía siempre bastante fuerza para acariciar, pero nunca suficiente para quemar.
