Más que descender del cielo, las plagas de Nueva Zelanda surgían de las entrañas de la tierra. Siempre reinaba una sofocante impresión de espera, un estremecimiento insensible que acababa transmitiéndose a los pies. Pues debajo del suelo yacía un poder terrible, un poder de tal magnitud que, treinta años antes, había hecho desaparecer una montaña imponente; salían vapores silbando de las grietas de las laderas de plácidas colinas, los volcanes vomitaban humo y manaba caliente el agua de los torrentes alpinos. Grandes lagos fangosos hervían como el aceite; el mar lamía vacilante unos riscos que tal vez no estarían ya allí en la próxima marea, y, en algunos lugares, la corteza terrestre tenía menos de trescientos metros de espesor.

Sin embargo, era un país amable y grato. Más allá de la casa, se extendía una llanura ondulada tan verde como la esmeralda de la sortija de prometida de Fiona Cleary, salpicada de miles de bultitos cremosos que, vistos de cerca, resultaban ser corderos. Allí donde los curvos montes festoneaban el borde de un claro cielo azul, el Egmont se elevaba a tres mil metros, adentrándose en las nubes, con sus laderas todavía blanqueadas por la nieve y con una simetría tan perfecta que incluso los que, como Frank, lo veían todos los días, no dejaban nunca de maravillarse.

Había un buen trecho del henil a la casa, pero Frank caminaba de prisa, porque sabía que no hubiese debido ir; las órdenes de su padre eran concretas. Entonces, al doblar la esquina de la casa, vio al pequeño grupo junto a una aulaga.

Frank había llevado a su madre a Wahine, a comprar la muñeca de Meggie, y todavía se preguntaba qué la habría inducido a nacerlo. No era partidaria de los regalos inútiles de cumpleaños, ni sobraba el dinero para ellos, ni nunca había regalado un juguete a nadie antes de ahora. Todo lo que recibían eran prendas de vestir; los cumpleaños y las Navidades servían para reponer los exiguos guardarropas. Pero, al parecer, Meggie había visto la muñeca en su única visita a la ciudad, y Fiona no lo había olvidado. Cuando Frank le preguntó, murmuró algo sobre la necesidad que tenían las niñas de una muñeca, y cambió rápidamente de tema.



6 из 684