
Sin embargo, era un país amable y grato. Más allá de la casa, se extendía una llanura ondulada tan verde como la esmeralda de la sortija de prometida de Fiona Cleary, salpicada de miles de bultitos cremosos que, vistos de cerca, resultaban ser corderos. Allí donde los curvos montes festoneaban el borde de un claro cielo azul, el Egmont se elevaba a tres mil metros, adentrándose en las nubes, con sus laderas todavía blanqueadas por la nieve y con una simetría tan perfecta que incluso los que, como Frank, lo veían todos los días, no dejaban nunca de maravillarse.
Había un buen trecho del henil a la casa, pero Frank caminaba de prisa, porque sabía que no hubiese debido ir; las órdenes de su padre eran concretas. Entonces, al doblar la esquina de la casa, vio al pequeño grupo junto a una aulaga.
Frank había llevado a su madre a Wahine, a comprar la muñeca de Meggie, y todavía se preguntaba qué la habría inducido a nacerlo. No era partidaria de los regalos inútiles de cumpleaños, ni sobraba el dinero para ellos, ni nunca había regalado un juguete a nadie antes de ahora. Todo lo que recibían eran prendas de vestir; los cumpleaños y las Navidades servían para reponer los exiguos guardarropas. Pero, al parecer, Meggie había visto la muñeca en su única visita a la ciudad, y Fiona no lo había olvidado. Cuando Frank le preguntó, murmuró algo sobre la necesidad que tenían las niñas de una muñeca, y cambió rápidamente de tema.
