Jack y Hughie tenían la muñeca entre los dos, en el sendero de delante de la casa, y agitaban furiosamente sus articulaciones. Sólo podía ver la espalda de Meggie, que contemplaba cómo sus hermanos profanaban a Agnes. Los limpios calcetines blancos le habían resbalado y formaban arrugados pliegues sobre las botitas negras, y medio palmo de piel rosada de las piernas era visible bajo el dobladillo del vestido de terciopelo castaño de los domingos. La melena negra, cuidadosamente rizada, le caía en cascada sobre la espalda y resplandecía al sol; no era roja ni dorada, sino de un color intermedio. La cinta de tafetán blanco que impedía que los rizos de la frente le cayeran sobre la cara pendía sucia y flaccida; el vestido se veía lleno de polvo. Sostenía la ropa de la muñeca en una mano y, con la otra, empujaba en vano a Hughie.

– ¡Malditos pequeños bastardos!

Jack y Hughie se pusieron en pie y echaron a correr, olvidándose de la muñeca; cuando Frank maldecía, esta actitud era lo más aconsejable.

– Si vuelvo a pillaros tocando esa muñeca, ¡os calentaré vuestro sucio culo! -les gritó Frank.

Se agachó, asió a Meggie de los hombros y la sacudió cariñosamente.

– Vamos, vamos, ¡no llores! Ya se han marchado, y nunca volverán a tocar tu muñeca, te lo prometo. Ahora, quiero una sonrisa de cumpleaños, ¿eh?

La niña tenía la cara hinchada y lloraba a raudales; miró a Frank con sus ojos grises, tan grandes y tan llenos de tragedia, que su hermano sintió un nudo en la garganta. Ahora sacó un trapo sucio del bolsillo del pantalón, le enjugó toscamente la cara y le pilló la nariz entre sus pliegues.



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