– ¡Suena!

Ella obedeció e hipó ruidosamente, mientras le secaba las lágrimas.

– ¡Oh… Fra-Fra-Frank, me qui-qui-quitaron a Agnes! -Sorbió-. Su ca-ca-cabello se ha caído, y ha pe-pe-perdido todas las bo-bo-bonitas perlas bancas que llevaba. Han caído en la hie-hie-hierba, ¡y no puedo encontrarlas*.

Volvieron a fluir las lágrimas, salpicando la mano de Frank; éste miró un momento su piel mojada, y la enjugó con la lengua.

– Bueno, tendremos que buscarlas, ¿no? Pero no encontrarás nada si sigues llorando, ¿sabes? ¿Y qué significa esa manera de hablar como una niña pequeña? ¡Al menos hacía seis meses que no decías «bancas» en vez de «blancas»! Vamos, suénate otra vez y recoge a la pobre… ¿Agnes? Si no la vistes, le va a dar una insolación.

La hizo sentar en la orilla del sendero y le dio amablemente la muñeca; después, se agachó y empezó a buscar entre la hierba, hasta que lanzó un grito de triunfo y mostró una perla.

– ¡Mira! ¡La primera! Las encontraremos todas, ya verás.

Meggie observó devotamente a su hermano mayor, mientras éste seguía buscando entre las hierbas y le mostraba cada perla que encontraba; después recordó lo delicada que debía ser la piel de Agnes, la facilidad con que podría quemarse, y puso toda su atención en vestir a la muñeca. No parecía haber sufrido verdaderas lesiones. Tenía los cabellos sueltos y enmarañados, y los 'brazos y las piernas sucios, donde habían tirado de ellos los chicos, pero todo lo demás estaba en orden. Meggie llevaba una peineta de concha sobre cada oreja; tiró de una de ellas hasta soltarla, y empezó a peinar a Agnes, que tenía cabellos humanos de verdad, habilidosamente pegados a una base de gasa encolada, y decolorados hasta que habían adquirido un tono de paja dorada.

Tiraba torpemente de un gran nudo, cuando ocurrió la tragedia. Toda la cabellera se desprendió de golpe y quedó colgando, como un estropajo, de los dientes de la peineta.



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