
¿Qué le digo?, pensaba. Gracias por la espléndida velada; sobre todo disfruté del fuera de programa con el que pude desahogar con verdadera satisfacción mi instinto bestial. Pero tal vez no iba a resultarle gracioso.
– ¿Nos vamos juntos? -Francesco estaba a mis espaldas, también él con el abrigo puesto. En sus labios se dibujaba una ligera sonrisa irónica, y algo parecido a la admiración en los ojos.
Asentí con la cabeza. Sencillamente. A esas alturas parecía natural, aunque apenas nos conocíamos.
A lo mejor me explica en qué me he metido, pensé.
Fuimos juntos a despedirnos de Alessandra, que nos miró con aire extraño. Creo que su mirada decía muchas cosas. No sabía que fuerais amigos. Sí sabía que tú, Francesco, traerías problemas -lo saben todos-, pero no imaginaba que tú, Giorgio, fueses de la misma calaña y, encima, así de bruto. Por Dios, está todo sucio de sangre. La sangre de aquel al que rompiste la nariz con ese cabezazo de delincuente.
Sus ojos decían, sobre todo: fuera de aquí y no aparezcáis por esta casa hasta el próximo milenio.
Nos fuimos juntos. Al llegar a la calle miramos alrededor con precaución. Por si acaso los tres eran especialmente tenaces y vengativos y todavía estaban en condiciones de molestarnos después de los golpes que habían recibido.
– Gracias. Hay que tener un par de cojones para hacer lo que hiciste.
No dije nada. No porque quisiera darme aires de duro. En realidad no sabía qué decir. Entonces él continuó mientras empezábamos a caminar.
– ¿Ibas a pie?
– Sí, vivo cerca.
– Yo tengo coche. Podemos dar una vuelta, tomamos algo y te explico. Creo que te lo debo.
– Está bien.
Tenía un viejo Citroën DS de color crema con el techo burdeos.
– A ver, ¿qué te ha parecido? ¿Qué crees que querían esos capullos?
– No lo sé. Está claro que el que estaba interesado en ti era el rubio. Los otros dos eran gorilas. ¿Mujeres?
