– Mmm. Sí. El rubio no sabe perder. Pero nunca habría esperado que hiciera semejante gilipollez. -Hizo una pausa, como si hubiera tenido un pensamiento inquietante. Luego volvió a hablar.

– ¿Te molesta si vamos a un lugar, por media hora?

– No. ¿Dónde?

– Estoy pensando que es mejor prevenir alguna otra payasada. Quiero hablar con un amigo. Allí donde vamos también podemos tomar algo si no tienes problemas de horario.

Asentí con la cabeza. Como quien tiene bien clara la situación y está cómodo.

En realidad no entendía bien de qué estaba hablando. Pero tenía una vaga intuición; de una manera difusa percibía que aquella noche estaba a punto de cruzar un umbral. O tal vez ya lo había cruzado.

Respiré hondo, me acomodé en el asiento del DS que se deslizaba silencioso por las calles desiertas, entrecerré los ojos y pensé que, joder, no me importaba. Quería ir.

Adondequiera que estuviésemos yendo. Estaba listo.

4

Llegamos a una vieja urbanización de casas populares.

Aparcamos el coche y entramos en uno de los cuatro grandes edificios sin ascensor que formaban la manzana.

En la escalera, entre el primer piso y el segundo, había un tipo delgado fumando un cigarrillo apoyado en la pared. Francesco lo saludó, el otro respondió con una inclinación de cabeza y después, siempre con un movimiento de cabeza, me señaló. Interrogativo. ¿Quién era yo?

– Es amigo mío.

Fue suficiente y así pasamos y subimos otros dos tramos de escalera. Llamamos a una puerta y, transcurridos algunos segundos -alguien observaba por la mirilla-, nos abrió uno que parecía el hermano mayor del que estaba en la escalera.

El interior del piso era bastante extraño. Una pequeña entrada-corredor a la derecha daba a una habitación muy grande. Había una barra de bar, como en ciertos pequeños hoteluchos, algunas mesas y pocas personas sentadas bebiendo y fumando. Parecían estar a la espera de algo. Un tocadiscos reproducía a bajo volumen la banda sonora un poco rayada de la película Cabaret.



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