
– Ocúpate de tus asuntos, cara de mierda, o te rompemos el culo también a ti.
Impecable, sin duda.
Así como había hablado, me moví. En cierto sentido no era yo. Bajé la cabeza con fuerza, como para aplastar una pelota en la red, y le rompí la nariz.
Acto seguido comenzó a sangrar y parecía tan aturdido que ni siquiera alcanzó a esbozar un gesto de reacción cuando ya le daba un rodillazo en las pelotas.
De lo que ocurrió luego recuerdo sólo fotogramas y algunos fragmentos en cámara lenta. Francesco que golpea al más grande con una silla. Cartas que vuelan por la habitación. Alguno que llega del pasillo y se lanza a la pelea.
Lo raro es que lo recuerdo todo sin sonido, como una película muda y surrealista. Entre otras cosas, hay una lámpara que cae de una mesita y se rompe. Sin ruido.
Echamos fuera a los tres, y entonces reinó en la casa una extraña sensación de incomodidad. Algunos sabían o imaginaban el porqué de aquella expedición punitiva con un final tan poco feliz. Es decir, sabían o imaginaban qué podía haber hecho Francesco.
Lo que en cambio no sabían y no entendían era qué tenía que ver yo. Y sobre todo cómo había sido capaz de hacer semejante cosa. Hablaban en grupos y, cuando me acercaba, bajaban la voz o dejaban de hablar. Yo andaba molesto por las habitaciones. Sólo quería dejar pasar un poco de tiempo para adoptar un aire de indiferencia y luego marcharme.
Ni siquiera yo conseguía comprender lo que había hecho y por qué. Le rompí la nariz, pensaba. Coño, le rompí la nariz. En parte estaba sorprendido por la violencia de que había sido capaz, y en parte sentía una satisfacción vergonzosa y extraña.
La gente comenzó a dispersarse en silencio. El juego, obviamente, no recomenzó. Pensé que yo también podía irme, dado que, además, había llegado solo.
Me puse el abrigo y busqué a la anfitriona para saludarla.
