
A la izquierda, una habitación más pequeña se abría sobre otra en el fondo. Mesitas con paño verde y gente que jugaba a las cartas.
Francesco me hizo entrar en la habitación con bar.
– Siéntate aquí dos minutos. Pide algo de beber, vuelvo enseguida. -Y sin esperar respuesta entró en la otra habitación, la atravesó y desapareció. Me senté a la única mesa libre. Ningún camarero vino a atenderme, no había nadie detrás de la barra. De modo que permanecí sentado, sin hacer nada y con la impresión de que todos me estaban observando, preguntándose quién era y qué hacía allí.
En realidad, nadie me prestaba atención. Hablaban entre ellos en cada mesa y de vez en cuando alguno se volvía a mirar hacia la otra habitación. Casi todos eran hombres. Con disimulo, sin hacerme notar, me puse a observar a las únicas dos mujeres. Una era baja y gorda, con ojos como hendiduras y juntos, una expresión brutal. Estaba con dos hombres de aspecto insignificante y hablaba siempre ella, en voz baja y con una ira en el tono contenida con esfuerzo.
La otra era morena y guapa, aunque debía de tener por lo menos quince años más que yo. Un suéter de lana con escote en uve dejaba entrever el comienzo de la línea de los pechos. En aquella sala era la única que yo hubiera querido que se fijara en mí. Pero estaba muy interesada en un tipo con americana, corbata y encendedor de oro macizo.
Estaba yo fantaseando acerca de la señora morena, y no eran justamente pensamientos que hubiera comentado con mis viejas tías, cuando Francesco se materializó en la silla que había frente a mí.
– Emma.
– ¿Perdón? -dije, después de un pequeño sobresalto.
– Se llama Emma. Es la mujer separada de C.M. El de los congelados, no sé si lo tienes presente. Quince millones al mes por alimentos y casa con vistas a la plaza Umberto. Un poco retocada aquí y allá, pero en conjunto una tía buena. ¿No pediste nada de beber?
