
Los tres nos fuimos y, en la puerta, le aseguré que estaba a su disposición para la revancha. Lo dije con la sonrisa contenida del inexperto que se ha embolsado un montón de dinero y quiere comportarse como es debido. El gordo me miró sin decir nada. Tenía una ferretería y estoy seguro de que en aquel momento habría querido romperme la cabeza con una llave inglesa.
Ya en la calle, nos saludamos y cada uno se fue por su lado.
Un cuarto de hora después Francesco y yo nos encontrábamos ante el quiosco cerrado de la estación. Le devolví sus cuatrocientas mil y fuimos a tomar un capuchino en un bar de pescadores.
– ¿Oíste el ruido que hacía el gordo?
– ¿Qué ruido?
– La nariz, era insoportable. Joder, ¿te imaginas dormir en el mismo cuarto con él? Debe roncar como un cerdo.
– Justamente la mujer lo dejó a los seis meses de casados.
– ¿Qué hacemos si vuelve a llamarte?
– Volvemos, le dejamos ganar doscientas o trescientas mil liras y después adiós. Deuda de honor pagada y vete a la mierda.
Terminamos nuestros capuchinos, salimos y, frente a las barcas, prendimos los cigarrillos mientras el cielo se despejaba. Dentro de poco iríamos a dormir y algunas horas después cobraríamos los dos cheques en el banco. Luego dividiríamos la ganancia.
El día anterior Giulia y yo nos habíamos peleado y ella me había dicho que así no podíamos continuar, que tal vez era mejor separarnos.
Quería provocar una reacción. Quería que yo dijera que no, que no era cierto; que tal vez era sólo una crisis pasajera que debíamos superar juntos, y etcétera, etcétera.
En cambio, respondí que tal vez tuviera razón. Mi expresión era de cierto disgusto, pero nada más. Era una cara de circunstancias. Lamentaba que ella estuviese triste, tenía una leve sensación de culpa pero sólo quería que esa conversación terminara para poder irme. Ella me miraba sin comprender. Yo la miraba y ya estaba en otra parte.
