
Hacía tiempo que estaba en otra parte.
Ella comenzó a llorar en silencio. Dije algo sin importancia para paliar la incomodidad y el peso de aquel dolor ajeno.
Cuando por fin subió a la bicicleta y se fue, experimenté sólo una sensación de alivio.
Tenía veintidós años y, hasta hacía pocos meses, en mi vida no había ocurrido casi nada.
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Hay una canción de Eugenio Finardi que habla de un tipo llamado Sansón. Jugaba a la pelota como un dios, tenía los ojos verdes y la piel oscura. El rostro de alguien que nunca tuvo miedo.
La descripción de Francesco Carducci.
Era famoso como futbolista -siempre el as de los goleadores en el campeonato universitario- y era el ídolo de las chicas. Y también, según se decía, de alguna mamá aburrida. Tenía dos años más que yo y seguía Filosofía sin estar matriculado. Nunca supe cuántos exámenes le faltaban ni si había elegido una tesis y cosas por el estilo.
Hay muchas cosas de él que nunca he sabido.
Nuestra relación había sido superficial hasta una noche de las vacaciones de la Navidad de 1988. Algún grupo de amigos comunes, algún partido de fútbol, un saludo al pasar en los encuentros casuales por la calle.
Hasta aquella noche, en las vacaciones de Navidad de 1988, apenas nos habíamos cruzado.
Se había organizado una especie de fiesta en casa de una chica, hija de un notario. Alessandra. Los padres se encontraban en la montaña y la casa, grande y lujosa, estaba disponible. Bebíamos, conversábamos, en un rincón alguno se liaba un porro. Sobre todo jugábamos a las cartas. Para muchos, las fiestas de Navidad significan una serie interminable de partidas de cartas.
En el salón grande había una mesa de bacará, mientras que en el cuarto de estar se jugaba al chemin de fer. En las otras habitaciones la gente bebía y fumaba. Todo muy similar a tantas otras situaciones por el estilo. Tranquilo.
