Luego el mundo, al menos el mío, sufrió una aceleración imprevista. Como las naves espaciales de los dibujos animados o de las películas de ciencia ficción, que parten con una especie de salto y aceleran hasta desaparecer entre las estrellas.

Había perdido algún dinero al bacará y luego fui a la habitación donde jugaban al chemin de fer. Francesco estaba jugando en aquella mesa. Hubiera querido sentarme pero no tenía dinero suficiente. Había chavales menores que yo que acudían a aquellas veladas con fajos de billetes enrollados y talonarios de cheques. Yo recibía trescientas mil liras por mes de mis padres y ganaba un poco más dando clases particulares de latín. Me atraía la idea de jugar fuerte -y ganar, por supuesto-, pero no podía permitírmelo. O no tenía agallas para hacerlo. O probablemente las dos cosas. Por eso, a menudo, me conformaba con mirar.

En la casa había por lo menos unas sesenta personas, cada tanto sonaba el timbre y llegaban otras, solas o merodeando en grupos. A veces eran desconocidos hasta para la dueña de la casa. Aquella clase de fiestas funcionaba así, de boca en boca. Incluso, una de las diversiones nocturnas durante las vacaciones de Navidad era justamente pasar de una fiesta a otra, infiltrarse en casa de desconocidos, comer, beber y marcharse sin saludar. Ésta era la costumbre y por lo general no había problemas. Yo mismo lo había hecho muchas veces.

De modo que, aquella noche, nadie prestó atención a los tres tipos que recorrían la casa con sus abrigos puestos. Uno de ellos entró donde se jugaba al chemin de fer. Era más bien bajo, corpulento, con el cabello muy corto, la expresión tonta. Y malvada.

Nos dio una ojeada rápida a mí y a los otros que estaban de pie y no jugaban. Ninguno de nosotros le interesaba y se acercó a la mesa para mirar la cara de los jugadores. Vio enseguida al que buscaba, salió velozmente de la habitación y antes de un minuto regresó con los otros dos.



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