
Uno de ellos parecía una especie de copia del primero, pero en grande. Era más bien alto, corpulento, también con el cabello cortísimo. No era tranquilizador. El tercero era alto, delgado, rubio, más bien guapo pero con algo enfermizo en los rasgos o en la expresión. Fue él quien habló, por así decirlo.
– ¡Pedazo de mierda!
Todos nos volvimos. También Francesco, que estaba de espaldas a la puerta y se dio cuenta de la presencia de los tres sólo en aquel momento. Los miramos unos segundos intentando adivinar qué querían. Luego Francesco se levantó y, en tono tranquilo, se dirigió al rubio.
– No hagáis ninguna estupidez aquí dentro. Hay un montón de gente.
– ¡Pedazo de mierda! Sal con nosotros o lo rompemos todo.
– Está bien. Déjame buscar el abrigo y voy.
Todos estaban inmóviles, paralizados por el estupor y el miedo. Los de la habitación y otros que se asomaban desde el pasillo, detrás de los tres hombres. Yo también estaba inmóvil y pensaba que en ese momento saldrían de la casa y masacrarían a Francesco. Incluso antes, en las escaleras. Me sentía humillado. Recuerdo que, en una fracción de segundo, pensé que uno debía de sentirse así cuando estaban a punto de violarlo.
Francesco se había acercado a un sofá donde estaban los abrigos y me escuché decir, como si fuera otro:
– ¡Eh!, ¿se puede saber qué coño queréis?
No sé por qué dije eso. Francesco no era amigo mío y, por lo que sabía de él, era muy posible que hubiera hecho algo que justificara lo que iba a ocurrirle. Tal vez aquella sensación de humillación era en verdad insoportable. O quizás había algún otro motivo. Con los años lo fui nombrando de diversas maneras. Destino fue una de ellas.
Todos se volvieron hacia mí y el bajo con cara de necio se me acercó. Se me acercó mucho, estirando el cuello y tendiendo el rostro hacia el mío. Se acercó demasiado. Percibí el olor a chicle de menta de su aliento.
