
– Tengo que conocerle, si puedo.
– Él estará encantado de contarle todo lo que pasó, y los nombres de las flores y de los pájaros. Aunque en esta época del año no hay muchos.
Ella imaginó que no tendría tiempo para ese tipo de cosas, pero le dio las gracias, de todas formas.
Llegaron poco después de la seis de la tarde; ya estaba oscuro como la boca del lobo, y por el este la lluvia formaba una calima que ocultaba las estrellas. Pero hacia el oeste estaba despejado y había una luna pálida, suficiente para ver el perfil del pueblo. Lo cruzaron y siguieron hasta la casa de Susannah, más cercana a la costa.
El padre Tyndale se apeó y llamó a la puerta de entrada. Pasaron unos minutos antes de que se abriera y la silueta de Susannah se recortara contra la llama de una vela. Debía de haber encendido una docena al menos. Ella salió al rellano y miró detenidamente más allá del padre Tyndale, como si quisiera asegurarse de que había alguien con él.
Emily cruzó la grava y subió hasta el amplio vestíbulo iluminado.
– Emily… -dijo Susannah en voz baja-. Estás preciosa, pero debes de estar muy cansada. Te agradezco mucho que hayas venido.
Emily dio un paso adelante.
– Tía Susannah. -Le pareció absurdo decir nada más. Estaba cansada, como debía de ser obvio, pero al ver la cara demacrada de Susannah y la evidente fragilidad de su cuerpo, aún bajo el chal y el vestido de lana, le pareció incluso infantil pensar en sí misma. Y preguntarle a Susannah cómo estaba sería como trivializar la verdad que ambas conocían.
– Ha sido un viaje magnífico -mintió-. Y el padre Tyndale ha sido amabilísimo conmigo.
