
Yo te lo agradezco por adelantado, y Charlotte te manda cariñosos recuerdos. Te escribirá en cuanto se recupere.
Con toda mi gratitud,
Thomas
Emily levantó la vista y se encontró con los ojos de Jack.
– ¡Esto es absurdo! -exclamó-. Ha perdido la cabeza.
Jack parpadeó.
– ¿De veras? ¿Qué dice?
Ella le dio la carta sin decir palabra.
Él la leyó con el ceño fruncido y luego se la devolvió.
– Lo siento. Sé que te hacía mucha ilusión pasar las Navidades en casa, pero ya habrá otras el año que viene.
– ¡No voy a ir! -replicó ella, sin dar crédito.
Él no dijo nada, solo la miró fijamente.
– Es ridículo -protestó ella-. Yo no puedo ir a Connemara, por Dios santo. Y menos aún en Navidad. Eso debe de ser el fin del mundo. Es el fin del mundo, de hecho. No es más que una ciénaga helada, Jack.
– En realidad, tengo entendido que la costa oeste de Irlanda es bastante templada -apuntó él-. Aunque húmeda, por supuesto -añadió con una sonrisa.
Ella lanzó un suspiro de alivio. Su sonrisa seguía resultándole fascinante y no quería que él supiera hasta qué punto. Si lo descubría, sería imposible manejarle. Se volvió para dejar la carta sobre la mesa.
– Mañana escribiré a Thomas y se lo explicaré.
– ¿Qué le dirás? -preguntó él.
Ella se sorprendió.
– Que es impensable, por supuesto. Pero lo expondré con tacto.
– ¿Cómo se puede exponer con tacto que vas a dejar que tu tía muera sola en Navidad, porque no te gusta el clima irlandés? -preguntó él con una dulzura sorprendente, teniendo en cuenta sus palabras.
Emily se quedó helada. Se dio la vuelta para mirarle y supo que, a pesar de la sonrisa, quería decir justo lo que había dicho.
– ¿De verdad quieres que me marche a Irlanda durante las Navidades? -preguntó-. Susannah solo tiene cincuenta años y todavía puede vivir mucho. ¡Thomas ni siquiera dice qué le ocurre!
