
– La muerte puede llegar a cualquier edad -señaló Jack-, y lo que yo quiera no tiene nada que ver con el deber.
– ¿Y los niños? -Emily jugó su mejor baza-. ¿Qué pensarán si los dejo en Navidad? Es una época para estar en familia. -Le devolvió la sonrisa.
– Pues escribe a tu tía y dile que se muera sola, que tú quieres estar con tu familia -replicó él-. Pensándolo bien, tendrás que decírselo al sacerdote y que él se lo comunique a ella.
Una evidencia atroz la impactó.
– ¡Tú quieres que me vaya! -le acusó.
– No, no quiero -negó él-. Pero tampoco quiero vivir contigo todos esos años posteriores a la muerte de Susannah, cuando lamentes no haber ido. La culpa puede destruir incluso lo que más queremos. Sobre todo lo que más queremos, de hecho. -Se le acercó y le acarició la mejilla con cariño-. Yo no quiero perderte.
– ¡No me perderás! -dijo ella al instante-. Tú no me perderás nunca.
– Muchas parejas se pierden -contestó él meneando la cabeza-; hay quien incluso se pierde a sí mismo.
Ella bajó la mirada a la alfombra.
– ¡Pero estamos en Navidad!
Él no contestó.
Pasaron unos segundos. El fuego chisporroteó en la chimenea.
– ¿Crees que en Irlanda existen los telegramas? -preguntó Emily finalmente.
– No tengo ni idea. ¿Qué puedes decir en un telegrama para responder a esto?
Ella inspiró profundamente.
– A qué hora llega mi tren a Galway. Y qué día, supongo.
Jack se inclinó hacia delante y la besó con mucha ternura, y ella se dio cuenta de que estaba llorando por todo lo que iba a echar de menos durante las próximas semanas, y por lo todo que en su opinión debían ser las Navidades.
* * *
Pero dos días después, cuando el tren se detuvo por fin en Galway poco antes del mediodía, y Emily salió a la plataforma bajo una llovizna, su estado de ánimo había cambiado por completo.
