Estaba entumecida y agotada, después de cruzar el embravecido mar de Irlanda y pasar una noche en un hotel de Dublín. Si Jack hubiera tenido la más remota idea de lo que le estaba pidiendo, no se lo habría tomado tan a la ligera, ni mucho menos. Nadie debía pedir un sacrificio como aquel. Era Susannah quien había elegido darle la espalda a su familia, fue ella quien se casó con un católico que nadie conocía y tomó la decisión de vivir allí entre la ciénaga y la lluvia. ¡No había vuelto a casa cuando el padre de Emily se estaba muriendo! Claro que nadie se lo había pedido. La verdad, se dijo Emily de mala gana, era que probablemente nadie le había dicho siquiera que estaba enfermo.

El maletero descargó su equipaje y lo depositó sobre la plataforma, sin que ella se lo hubiera pedido. Era bastante innecesario. Ese era el final de la línea, en todos los sentidos posibles.

Ella le pagó para que lo sacara a la calle y le siguió a lo largo del andén, cada vez más empapada. Estaba en la calzada cuando vio un poni y una carreta, y un sacerdote de pie con gesto conspicuo, que hablaba con el animal. Se dio la vuelta al oír el carrito del maletero sobre el empedrado. Vio a Emily, y una amplia sonrisa iluminó su cara. Era un hombre sencillo, de facciones comunes y un poco toscas, pero en aquel momento resultaba encantador.

– Ah -se acercó con la mano tendida-, señora Radley. Es muy amable por su parte haber hecho este viaje y en esta época del año, sin duda. ¿Ha sido muy mala la travesía? Dios interpone un mar bravío entre nosotros para que agradezcamos aún más haber llegado sanos y salvos a la otra orilla. Es un poco como la vida. -Encogió los hombros con pesar, y por un momento sus ojos se llenaron de tristeza-. ¿Cómo está usted, pues? ¿Cansada y aterida? Y todavía nos queda un largo viaje, pero eso no hay forma de evitarlo. -La miró de arriba abajo con lástima-. A menos que no se sienta capaz de soportarlo hoy.



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