– Gracias, padre Tyndale, pero estoy bastante bien -repuso Emily. Estaba a punto de preguntar cuánto tardarían, pero cambió de opinión. Puede que él lo tomara por una cobardía.

– Ah, me alegro mucho -dijo él enseguida-. Ahora subiremos su equipaje aquí detrás, y luego nos iremos. Así haremos la mayor parte del trayecto de día.

Se dio la vuelta y cogió una de las maletas, tiró de ella con energía y la colocó en la parte de atrás de la carreta. El maletero apenas tuvo tiempo de subir la más ligera.

Emily estaba a punto de decir algo, pero cambió de idea.

¿Qué podía decir? ¡Era mediodía y él creía que no llegarían a casa de Susannah hasta la noche! ¿A qué tenebroso confín del mundo se dirigían?

El padre Tyndale la ayudó a subir al asiento contiguo al suyo en la carreta, la envolvió con una manta, después con una tela impermeable, y luego dio un rodeo y trepó al otro lado con gran dinamismo. Tras recibir una palabra de aliento, el poni se puso al paso. Emily tuvo la espantosa sensación de que el animal sabía mucho más sobre todo aquello que ella, y que se preparaba para un largo viaje.

Cuando salieron de la ciudad la lluvia amainó un poco y Emily se dispuso a contemplar la tierra ondulada que los rodeaba. Cuando se despejaron las nubes y aparecieron algunos retazos de cielo azul, surgió un repentino panorama de las colinas a lo lejos, hacia el oeste. Los rayos de luz se reflejaban en los prados húmedos que parecían tener varias capas de color; el viento descoloría la parte superior, pero debajo había franjas de rojos plomizos y ocres. En las colinas que estaban a sotavento había mucha sombra, torrentes de color carbón, y la ocasional ruina de un antiguo refugio de piedra casi negra ahora, salvo en las superficies húmedas donde brillaba el sol.

– Dentro de unos minutos verá el lago -dijo de pronto el padre Tyndale-. Es muy bonito y hay muchos peces y pájaros. Le gustará. Es bastante distinto del mar, por supuesto.



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