Quizá porque entonces no estaba aún muy seguro de qué desear. Y me reía en sus filmaciones, cuando atravesaba tambaleante la casa apoyándome en la pared, y luego en las ventanas, y, al final, me precipitaba hacia adelante un breve trecho sin apoyos, hasta alcanzar la silla más próxima o una planta: y era un suspiro, y era una victoria. Y él, seguramente, tras aquella vieja y ruidosa cámara de súper ocho, sonreía. Y luego, otra casa y otra película, y otra más. Y yo me veo en todo aquello que tal vez no podría haber recordado por mí mismo…, un juego, un concurso en un importante palacete, Villa Annamaria, con un gran jardín y muchos parientes. Una tienda india y, al final de una improvisada actuación musical, yo, que salto lanzando los brazos al aire y aplaudo, como un jovencito indio que se precipita a una danza de la felicidad, bajo los ojos divertidos de una bellísima mujer con un vestido blanco lleno de espejuelos alrededor del cuello, y en la cintura, y en la sesga dura de las mangas cortas. Con el cabello que le llega hasta los hombros y un cartelito en la mano con muchas preguntas fáciles. La mujer cierra los ojos y se esconde para sonreír. Sí, lo hace a escondidas porque he ganado yo. Porque soy su hijo. Y querría decir muchas cosas más aún acerca de ella, pero es de una belleza tal que no se puede relatar. Niña, muchacha, madre…, una mujer elegante, a veces silenciosa.

Recuerdo en particular la sonrisa de aquella filmación que, además de mi pequeña victoria, hablaba de amor. Por mí, por él, por mis hermanas, por todo aquello que teníamos la fortuna de vivir y de hacer vivir, y que aún duraría mucho. Y todavía hoy sigo recordando cuanto fue. Y, a lo largo de los años, en mil momentos y a medida que crecía, me lo preguntaba: ¿seré capaz de pagar de algún modo la deuda por todo aquello que he recibido? ¿Por tantas atenciones y amor y sacrificios y paciencia? No hay ninguna balanza extraordinaria que pueda calcular el peso de todo ello. Pero el verdadero amor no prevé ni créditos ni deudas.



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