Lo contemplo. Y sus ojos se cierran igual que antaño, como diciendo: «Sí, es exactamente así.» Y entonces sonrío también yo y me siento un poco más aliviado. Por otra parte, también esto me lo ha enseñado él.

La barca se ladea. Una ráfaga de viento más fuerte. Lo miro.

– ¿Estás listo? Viramos…

Orzo y suelto la cangreja, y él, ágil y veloz, baja la cabeza mientras la barca gira sobre sí misma y se inclina. Permanecemos inmóviles en el centro, mientras la botavara pasa sobre nuestras cabezas. Y no nos desequilibramos, no nos movemos, no tenemos prisa. Nos miramos y sonreímos. No como aquella vez, que él se precipitó, nos lanzamos al otro lado de la virada y la barca se volcó. Y estuvimos en el agua durante horas. Y, en aquella ocasión, se enfadó.

– ¿Es que no sabes enderezarla?

– No… Tuve fiebre y falté a la última clase de vela, en la que explicaban cómo se endereza una barca que se ha dado la vuelta.

Sacude la cabeza. Y, un poco preocupado, mira a su alrededor. No hay barcas. No pasa ninguna. Y no parecen tener ganas de pasar. Y el mar se ha encrespado un poco. Y las crestas de las olas se rompen, casi bullen, quebradas por fuertes ráfagas de viento. Pero él, al final, no parece preocupado, o al menos no lo demuestra. Sabe que no se lo puede permitir. No con un Hijo aún tan joven e inexperto. Aquel día, estuvimos en remojo por lo menos seis horas, y vino a buscarnos precisamente Walter, el bañero. Y cuando nos vio llegar a la orilla arrastrando la barca aún medio llena de agua, mamá meneó la cabeza. Y luego lanzó un suspiro, un poco más tranquila. Irónica, Cornelia, se permitió incluso soltar: «Mira mis pollitos…, ¡mojados!»

De todos modos, luego todo fue gloria, como todas esas desventuras que terminan bien, las que se convierten sólo en un recuerdo que poder engrandecer un poco y contar cuando hace falta.



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