Y más allá, Mennella, y sus ricos helados: stracciatella, pistacho y nata; cuando eres pequeño, te gusta sólo el nombre de los sabores, e incluso sin gustar el sabor te parecen dulces. El recuerdo de aquellos paseos y de los puestecitos de objetos inútiles, donde nosotros, los chiquillos, encontrábamos de todos modos siempre algo que desear, algo que pedir, algo que, a pesar de todo, habríamos querido que nos compraran.

Más allá aún, la pescadería y el hedor a pescado, tan fresco que todavía se debate en pequeños cajones de polietileno, y unos extraños y viejos ventiladores adheridos al techo, con una especie de tiras color rosa, que parecen papel higiénico, que deberían ahuyentar a las moscas, y que éstas, en cambio, casi parecen tomar por un gracioso carrusel.

Mi padre nos llevaba de la mano, con esas manos grandes, él, tan alto, tan orgulloso, tan noble, con quién sabe cuántas preocupaciones que nosotros no lográbamos todavía comprender desde allí abajo, desde nuestro pequeño mundo. Pero ahora… ahora vuelve a estar aquí. A mi lado. Estoy a sotavento y huelo el perfume ligero de su loción para después del afeitado, el de siempre, el que tanto echo en falta y me hacía sentir tan pequeño, con tantas cosas por hacer aún, y las ganas de crecer y de sorprenderlo y de convertirme en un hombre como él…

Se vuelve de repente, me mira y parece leerme el pensamiento. No dice nada, y en sus ojos hay un auténtico deseo, una ligera nostalgia, una media sonrisa, un entusiasmo empañado, tal vez una cosa que se muere por decir pero no puede. Y me lo quedo mirando, y también yo querría decirle tantas cosas, pero no puedo, permanezco en silencio y siento que me he vuelto un niño, uno de esos que tienen vergüenza, un niño que, de golpe, se apoya en el muro, menea la cabeza y calla. Como hacía yo de pequeño.



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