
Volvemos a tierra. Esta vez, todo va como la seda. Fue uno de esos errores necesarios para coger experiencia, no para repetirlos, como sucede a veces. También es verdad que es siempre mejor equivocarse que arrepentirse de no haber hecho algo.
En un segundo llegamos a la playa y nos quitamos los chalecos salvavidas y los echamos al interior de la barca y, acto seguido, la arrastramos a la orilla con fuerza, apoyando firmemente los pies en tierra. La levantamos un poco y metemos en seguida bajo la proa un rodillo, y luego otro, y la barca se desliza hacia adelante hasta acabar en su sitio, aparcada sobre dos gruesos caballetes de madera.
– ¡Ya está!
Damos unas palmadas para sacudirnos un poco de arena de encima. Nos miramos cansados, sonriendo. Después, corremos bajo la ducha fresca, incluso algo fría, que baila en el viento. Y nos movemos, intentando pillar el chorro. Y allí debajo, liberándonos de la sal, liberándonos del sudor, con los ojos cerrados, sentimos que el agua arrastra consigo toda aquella sana fatiga. Luego nos secamos rápidamente con un par de toallas que Walter nos ha dejado sobre el patín. Están un poco descoloridas, viejas, gastadas, pero, en el pálido calor, saben a limpio, a perfumado, a cosa buena.
Echamos a andar en dirección al quiosco. Allí donde, jovencísimo, intervine como figurante en la película La diva del teléfono blanco, de Dino Risi. Estúpido y estupefacto, embutido en un traje de baño de lana de cuerpo entero, ligeramente aturdido, intenté con mucho esfuerzo interpretar bien una escena. Bostezando, sudando, mirando de vez en cuando a la cámara. Y cuando se lo conté: «No me lo puedo creer. Cuando encuentre a Dino tendré que pedirle disculpas… ¡Vaya papelones me haces hacer!»
Pero luego sonreía. Como si todo aquel cine fuera algo que permanece, sí, pero que no lo es todo. Es parte de la vida, es pasión, es diversión. Pero nosotros, nosotros éramos su mejor película. Y ahora está de nuevo delante de mí. Me precede veloz, y no suda y no se cansa. Siempre ágil, como en los mil paseos que le encantaba dar, y en los que era siempre el portador divertido de una nueva idea, una observación, algo que lo había impresionado y que tenía ganas de hacerte vivir a ti también. Curiosos, también nos divertíamos entonces.
