
Cuatro escalones y hemos llegado al quiosco.
– ¡Venga, vamos, muévete!
Ahí está. Me espera en lo alto de la escalera. Tiene el cabello oscuro y una sonrisa confiada. Y yo subo, agarrándome al pasamanos azul.
– ¡Pero, papá…, hemos caminado un montón!
– Caminar hace bien…
– Pero yo estoy cansado… Esta mañana he jugado también al tenis en Villa Borghese. ¡Y a las nueve!
Lo digo bien fuerte para subrayar el hecho de que en vacaciones uno no se levanta nunca temprano. Pero él sonríe y parece no hacer caso, tal vez no quiera enterarse.
– ¿Has jugado bien?
– He hecho unas voleas increíbles…
– ¿Y qué son voleas?
Y yo doy mi interpretación, y él la suya. Y no estamos de acuerdo. Y, divertidos, comenzamos a discutir sobre una definición que, en realidad, no sabemos bien ninguno de los dos. Y, al final, él ve a un tipo absurdo sentado en el suelo, con barba larga, las piernas cruzadas y una cerveza abierta y a medio terminar a sus pies y una raída chaqueta vaquera, desteñida como esos cabellos rizados entre los cuales aparece algún mechón blanco. Y mi padre decide abordarlo para dirimir nuestro absurdo certamen léxico.
– Perdone, ¿qué es una volea?
El tipo nos mira con curiosidad. Y yo pienso: «Pero ¿cómo se le ocurre preguntárselo a éste? Si no habrá jugado al tenis en su vida, no debe de tener dinero más que para malvivir.» Y muchos otros pensamientos que ahora no recuerdo bien. Pero, del hombre, en cambio, sí que no me olvido. Lo piensa tan sólo unos segundos. Luego abre el rostro sereno en una amplia sonrisa:
