
– La volea es un golpe de tenis, puede ser de derecha o de revés. Tiende a cerrarse con un simple movimiento seco, un golpe de difícil ejecución…
– Gracias.
Y nos alejamos en silencio. El sonríe: «¿Ves? ¡Se aproxima más a mi explicación!»
Pero esto en sí no es que tuviera gran importancia. Lo que no olvido de aquel día es que, en lo que hacía, no cabía nunca la posibilidad de percibir una enseñanza molesta. Lo hacía y ya está. Luego eras tú quien decidía cómo interpretarlo. Gomo en aquel caso: «Cualquiera puede saber más que tú.» O bien: «No juzgues a quien no conoces.» O: «El hombre siempre puede sorprenderte, para bien o para mal.» O también: «Ser pobre no significa renunciar a la propia dignidad.» «Una persona pobre puede lo mismo saber más que tú.» O simplemente: «¿Has visto? Yo tenía razón.»
En cualquier caso, de un modo u otro, siempre te enseñaba algo sin hacer que te pesara. Y te asombraba.
Hoy no hay nadie en el quiosco. Así que tomamos algo y nos quedamos un rato en silencio contemplando el mar. A lo lejos, unos barcos de vela han abierto algún que otro spinnaker. Grandes retazos de color que brotan de aquellas barcas y danzan al viento antes de que los sujeten y los dispongan para todo lo que deberán hacer en realidad.
Decidimos regresar y le llevamos al bañero un café.
– Ha sido tan amable con nosotros que me apetece…
Lo lleva él. Lo sostiene con mano firme y ha colocado encima una tapa para que el viento no lo enfríe. En la otra lleva un poco de azúcar y un palito para removerlo.
De todos modos, es cierto. Ese bañero siempre ha sido amable. Nos hacía reír y realizaba bien su trabajo, y nos trataba a todos como a sus nietos, con la severidad justa pero también con ganas de jugar. Y, mientras volvemos, echo a correr, más joven aún. Huyo entre las barcas, seguido de Walter el bañero y de sus reproches por haber arrojado demasiadas medusas a la orilla y haber jugado con ellas con un palo, haciéndolas pedazos.
