
Una gaviota aburrida pasa un poco más allá, en silencio. Y me priva de la costumbre de su graznido, a cuya espera permanezco arrebatado. Continúo mirándola, siguiéndola en su vuelo. Y espero desilusionado su canto. Aquel graznido que de niño tantas veces traté de imitar. Y, ahora, ella, casi sintiendo el peso de mi nostálgico recuerdo, me contenta de repente. Así libera su voz. Y grita feliz al cielo y se libera de mí, batiendo las alas. Y vuela en lo alto, más fuerte, como despierta. Y libre, y loca en ese cielo encantado, de nubes y estrellas ocultas, y viento ligero y resaca de mar y eco de olas. Y su grito la lleva lejos. Feliz.
¿Cuánto tiempo hace que he dejado de ser feliz? Para serlo he apuntado alto. He pedido lo que no es seguro que pueda conseguir. No sin ayuda. No pensando humanamente. Y, casi mortificado, me doblo sobre mí mismo y dirijo la mirada al suelo, más allá del patín, sobre aquella arena que ahora me parece sucia por lo tremenda que ha sido mi tentativa desesperada de súplica. Y, sin embargo, creer es bonito. Da fuerza, no pone límites ni confines, nos permite vivir esta vida creyéndonos capaces de verdad de llegar hasta el fondo. Y, así, levanto la vista. Súbitamente se desvanece la vergüenza y me parece que hay más sol sobre ese mar. Y me siento como un muchachito, en bañador. O, por lo menos, más joven, quizá por culpa de esa extraña e inesperada felicidad. Porque lo veo, ahí está.
Ahí viene. Mi padre. Viene de lejos, como siempre. Más guapo que nunca. Más joven, más relajado, más tranquilo. Más sonriente.
Lo veo llegar de allá abajo, de la playa de Marinaretti. Lleva la bolsa de mano de entonces, de un color cuero cálido, casi rojizo. La sujeta con orgullo bajo el brazo, agarrando con la mano un extremo, que la fija a su persona con todos sus bienes. Sonríe. Y parece más joven. Y me mira con esos ojos que no puedo olvidar, que veo tal vez cada mañana en el espejo, pero que hoy me conmueven.
