¿Los míos? ¿Los suyos? No lo sé. Está muy joven. Gomo yo nunca pude conocerlo. Tal vez porque entonces yo no existía. El no había decidido aún hacerme este gran regalo.

– Hola.

Me sonríe, y luego me pone la mano en la cabeza como ha hecho siempre, incluso cuando sabía que me molestaba, pero lo hacía con tanto amor que casi se turbaba. Yo intentaba escapar cada vez, joven pequeño rebelde, trataba de sustraerme a aquel gesto tan simple, tan irreflexivamente alegre de quien me ha engendrado. Al igual que cuando quería hacerme fotos. Para él tenía mucha importancia, y yo resoplaba. No me gustaba nada quedarme quieto, posar. Entonces.


Me bajo del patín y echamos a andar. No lo entiendo. Quién sabe si también yo me he vuelto más joven. Aquel chiquillo que fui. Una cosa es segura: ahora le concedería el tiempo de sacarme todas las fotos que quisiera. Pero no es el momento. Ya no. Lo miro y me sonríe. Tiene las manos grandes de siempre y lleva aquel bañador ancho y largo que se colocaba bajo, bajísimo, hasta que le cubría las delgadas piernas, hasta que sólo dejaba asomar las enjutas rodillas. Y es que, incluso ahora que camina a mi lado, alarga el paso y se pliega sobre esas piernas como ha hecho siempre. Como sigue haciendo.

– Oye, ¿no es allí…?

– Chsss…

Se lleva el dedo a la nariz y sonríe.

Después, sacude la cabeza. Debe de haber prometido no hablar. Y yo me encojo de hombros. Y resoplo. Porque querría saber muchas cosas. Pero no es posible. Y él cumplirá su promesa.

Siempre ha sido honesto. Y tantas otras muchas cosas que me vienen a la cabeza y me hacen sonreír. Y que casi hacen que me avergüence, pues sé ya de antemano que no conseguiré igualarlo. Sigo caminando junto a él.



5 из 18