
Fiuuuu… Mi barca se desliza sobre el mar azul. Mi padre se ha puesto ya el chaleco y está a horcajadas en medio de la barca. Me mira y yo le sonrío mientras cojo la deriva y la empujo más abajo dentro de la quilla. Le doy un último golpe con fuerza a la tablilla de madera mientras atraigo hacia mí la botavara. El me observa.
– Ponte el chaleco tú también.
Sonrío y decido obedecer. Sujeto como puedo los dos cabos con un pie y con la otra mano, e incluso apoyando la rodilla sobre ellos. Lo consigo. Y mientras el foque y la cangreja cogen viento, me pongo el chaleco. Acto seguido, me siento y tenso aún más los cabos. Y continuamos así, mar adentro.
Sus ojos están serenos, aún no tiene miedo. Pero qué tonto que soy: ahora no tiene nada que temer. Recorre con la mirada la línea del horizonte. Quién sabe qué estará pensando. Sus cabellos se pierden en el viento y bailan y se agitan junto a quién sabe qué pensamientos. Y yo soy feliz de verlo así de sereno. De verlo finalmente descansado, después de todo el trabajo que ha hecho. Y lo miro orgulloso, con su hermosa espalda, de nuevo fuerte y magra. Gomo aquel muchacho que no tuve nunca modo de conocer y que sólo imaginé a través de sus mil relatos. Y así, por fin, lo veo bien por primera vez. Es delgado, divertido, travieso, hijo de otra guerra inútil. Míralo. Míralo cómo se escabulle, después de haber roto con una piedra el faro del coche de los carabinieri, una de esas viejas camionetas de antaño. Lo ha hecho para darle un pedazo de vidrio rojo a su hermana, que los coleccionaba. ¡Qué colección tan absurda! De trozos de vidrio, de los colores más dispares, desde trozos de farolillos a trozos de faros y botellas y quién sabe de qué más aún. Pero era su hermana.
