Y la quería. ¡Vaya si la quería! Sus palabras, sus historias rezumaban amor hacia ella. Y las calles jóvenes y limpias de aquella Roma sin coches, salvo los de unos pocos ricos, de esos auténticos y honestos, como ya no hay. Y me parece verlos ahora, a esos dos niños que pasean, que vuelven del colegio, que sonríen en blanco y negro, que llevan cinturones anchos, de piel gruesa, estropeada, y unos calcetines que se caen fácilmente y descubren unas pantorrillas delgadas, blancas, y más abajo, aquellos mocasines sólidos y únicos, porque, entonces, además, no había tantas posibilidades de elegir.

La barca navega veloz, el mar es de un azul intenso, y algún que otro reflejo de un tibio sol nos acaricia los hombros, junto con el viento, que, fresco, parece sonreír. Sus manos grandes se agarran al borde de la quilla. Se tiene firme, seguro, resuelto, como siempre ha sido para mí. Como aquella gran quilla a la que uno se sujeta, para aprender a navegar. Entre las corrientes más difíciles, entre alegrías y engaños, entre desilusiones y sueños, los primeros pasos, las primeras encrucijadas, los primeros atajos, algún que otro error. Y los primeros descubrimientos, y sorpresas y felicidad. Esa cómoda felicidad posible sólo cuando se es todavía un niño. Sonrío al recordar aquellos tiempos. Así era, como esa rémora inútil que se adhiere al escualo, a su vientre plano, y permanece allí oculta, para no cansarse. Pero, de sopetón, me suelto como un paracaidista que rompe la estrella para intentar volar solo, y que, en silencio, saborea la caída libre en solitario. Como esas astronaves del espacio que, antes de aterrizar en un nuevo planeta, se desprenden de improviso de una parte del habitáculo.

Una se pierde en el espacio, la otra aterriza lentamente, lista para descubrir quién sabe qué nuevas maravillas.

La barca sigue avanzando. Mira. Ahora estamos en línea con el puerto, observo a lo lejos. Algunas personas pasean por los pantalanes. Pequeñas embarcaciones se bambolean semidormidas. Se apoyan las unas contra las otras, empujadas delicadamente por las blandas boyas. Rebotan alegres, mecidas por una ligera ola de más, causada por una barquita que regresa al puerto.



8 из 18