De súbito el pesar cayó sobre ella en un torrente de compasión, liberada tal vez por la conmoción tardía o por la repentina y viva memoria de una abuela a la que había querido. Al sentir el primer hormigueo cálido de las lágrimas, no supo bien si eran por la abuela o por aquella desconocida que yacía en tan indefensa y desgarbada postura. Mandy lloraba pocas veces, pero cuando lo hacía sus lágrimas eran incontenibles. Temiendo desacreditarse, se esforzó por recobrar la compostura y, al mirar en derredor, sus ojos se posaron en algo familiar, nada amenazador, algo que podía manejar, una garantía de que existía un mundo ordinario que seguía su curso fuera de aquella celda de la muerte. Encima de la mesa había una pequeña grabadora.

Mandy se acercó y cerró la mano sobre ella como si de un icono se tratara.

– ¿Es ésta la cinta? -preguntó-. ¿Es una lista? ¿La quiere tabulada?

La señorita Etienne la contempló en silencio durante unos instantes y al fin contestó:

– Sí, tabulada. Y por duplicado. Puede utilizar el ordenador que hay en el despacho de la señorita Blackett.

En aquel momento Mandy tuvo la certeza de que había conseguido el empleo.

2

Quince minutos antes, Gerard Etienne, presidente y director gerente de Peverell Press, salía de la sala de juntas para regresar a su despacho de la planta baja. De pronto se detuvo, retrocedió hacia la sombra, con movimientos gráciles como los de un gato, y se quedó mirando desde detrás de la balaustrada. Bajo él, en el vestíbulo, una muchacha giraba lentamente con los ojos vueltos hacia el techo. Llevaba unas botas negras y acampanadas por arriba que le llegaban hasta el muslo, una falda corta y ceñida de color pardo y una chaqueta de terciopelo de un rojo apagado. Un brazo flaco y delicado se mantenía alzado para sostener en su lugar un insólito sombrero que parecía confeccionado en fieltro rojo. Era de ala ancha, arrufaldado por delante, y estaba decorado con una extraordinaria colección de objetos: flores, plumas, cintas de satén y encaje e incluso pequeños fragmentos de vidrio que, al girar, chispeaban, rutilaban y resplandecían.



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