
Mandy se acercó y cerró la mano sobre ella como si de un icono se tratara.
– ¿Es ésta la cinta? -preguntó-. ¿Es una lista? ¿La quiere tabulada?
La señorita Etienne la contempló en silencio durante unos instantes y al fin contestó:
– Sí, tabulada. Y por duplicado. Puede utilizar el ordenador que hay en el despacho de la señorita Blackett.
En aquel momento Mandy tuvo la certeza de que había conseguido el empleo.
2
Quince minutos antes, Gerard Etienne, presidente y director gerente de Peverell Press, salía de la sala de juntas para regresar a su despacho de la planta baja. De pronto se detuvo, retrocedió hacia la sombra, con movimientos gráciles como los de un gato, y se quedó mirando desde detrás de la balaustrada. Bajo él, en el vestíbulo, una muchacha giraba lentamente con los ojos vueltos hacia el techo. Llevaba unas botas negras y acampanadas por arriba que le llegaban hasta el muslo, una falda corta y ceñida de color pardo y una chaqueta de terciopelo de un rojo apagado. Un brazo flaco y delicado se mantenía alzado para sostener en su lugar un insólito sombrero que parecía confeccionado en fieltro rojo. Era de ala ancha, arrufaldado por delante, y estaba decorado con una extraordinaria colección de objetos: flores, plumas, cintas de satén y encaje e incluso pequeños fragmentos de vidrio que, al girar, chispeaban, rutilaban y resplandecían.
