Hubiera debido presentar un aspecto ridículo, con esa cara afilada e infantil semioculta bajo desordenados mechones de pelo oscuro y coronada por tan estrafalaria prenda. Sin embargo, resultaba encantadora. Se encontró sonriendo, casi riendo, y de repente se apoderó de él una locura que no había experimentado desde que tenía veintiún años: el impulso de echarse a correr escaleras abajo, cogerla entre los brazos y llevársela danzando sobre el suelo de mármol hasta cruzar la puerta principal y llegar a la orilla del centelleante río. La muchacha terminó de dar la vuelta y siguió a la señorita Blackett por el vestíbulo. Él aún permaneció inmóvil irnos instantes, saboreando este arrebato de locura que, así se lo parecía, no tenía nada que ver con la sexualidad, sino con la necesidad de retener un recuerdo destilado de la juventud, de los primeros amores, de las risas, de la ausencia de responsabilidades, del puro deleite animal en el mundo de los sentidos. Nada de ello formaba ya parte alguna de su vida. Siguió esperando sin dejar de sonreír hasta que el vestíbulo quedó libre y al fin bajó poco a poco a su despacho.

A los diez minutos se abrió la puerta y reconoció los pasos de su hermana. Sin levantar la mirada, le preguntó:

– ¿Quién es la chica del sombrero?

– ¿El sombrero? -Por unos instantes ella puso cara de no comprender. Luego respondió-: ¡Ah, el sombrero! Mandy Price, de la agencia de colocación.

Una nota extraña en su voz hizo que él se volviera y le dedicara toda su atención.

– ¿Qué ha pasado, Claudia?

– Sonia Clements está muerta. Se ha suicidado.

– ¿Dónde?

– Aquí. En el despachito de los archivos. La hemos encontrado la chica y yo. Íbamos a buscar una de las cintas de Gabriel.



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