Al cabo de un largo rato, pasada la salida de Apeldorn, el coche redujo velocidad. Recorrieron despacio unos kilómetros más y acabaron abandonando la autopista por una pequeña carretera secundaria en dirección a Lochem. El paisaje había dejado de ser completamente llano: a medida que se acercaban a Alemania, el terreno había empezado a ondularse y los bosques a un lado y otro de la carretera habían perdido su estructura ordenada de crianza de invernadero para hacerse más frondosos, más silvestres. Llenos de sombras y silencio, daban la impresión de aislamiento y lejanía, de penumbra salvaje cubierta de maleza marrón y de agujas de pino. Sólo de vez en cuando un camino forestal rompía la línea de árboles. La luz del atardecer, aún clara pero tamizada ya por el crepúsculo índigo de la primavera, acentuaba la soledad.

El Mercedes se detuvo durante unos segundos frente a uno de los caminos y el conductor miró hacia él inclinando la cabeza con concentración. Cuando pareció satisfecho de que se trataba de la salida que estaba buscando, asintió sin decir nada e hizo girar el volante hacia la derecha al tiempo que pisaba el acelerador con suavidad. Despacio, el automóvil se adentró en el bosque. A los pocos segundos había dejado de ser visible desde la carretera. Siguieron avanzando por el camino por unos centenares de metros y, por fin, se pararon.

Kees van de Wijn carraspeó.

– ¿Me permite que le pregunte qué estamos haciendo?-dijo al jefe.

El jefe suspiró.

– No -dijo-. No se lo permito. Pero no se alarme. Bájese, por favor.

Los cuatro secuestradores habían abierto las portezuelas del Mercedes. Se bajaron. Kees deslizó su ligera anatomía por el asiento trasero y abandonó el coche por la parte izquierda. Le parecía la menos peligrosa porque de este modo salía detrás del jefe, que era con claridad el individuo más civilizado de cuantos le habían traído hasta allá.



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