No parecía sin embargo muy lógico que fueran a arriesgarse a cruzar una frontera por inexistentes que fueran los trámites de aduana y en seguida se puso a mirar a los coches que rodaban a su lado o a los que ellos adelantaban, por ver si conocía a algún conductor; a lo mejor podría pedir socorro haciendo gestos antes de que se lo impidieran sus captores. Pero, aparte de alguna mirada de curiosidad distraída que les dirigían los ocupantes de otros automóviles, no daban la sensación de reconocer nada alarmante en la expresión de controlada histeria que le parecía a Van de Wijn estar poniendo. Se le antojaba imposible no conocer a nadie o que nadie lo reconociera. Al fin y al cabo, él era un hombre famoso. Tenía que ser reconocido. Intentó inclinarse hacia delante por si fuera necesario levantar los brazos y gesticular. Pero el hombre de su derecha lo empujó con firmeza hacia atrás. Todo ocurrió en unos segundos. El jefe volvió a mirarlo con curiosidad plácida y sonrió.

– Puedo darle mucho dinero. Más del que usted imagina siquiera.

El jefe asintió con lentitud comprensiva. Luego suspiró.

– Cállese -repitió.

Durante una hora rodaron en casi total silencio.

Kees era una persona pragmática y sabía bien que irritar al prójimo no servía de nada, sobre todo cuando el prójimo iba animado de aviesas intenciones. A medida que pasaba el tiempo, sin embargo, sentía más miedo. Sudaba. Una vez se pasó el dedo índice por la frente; lo hizo con mucho cuidado para que no se enfadara el animal que iba sentado a su derecha. Una gota de sudor rodó hacia el cuello de su camisa. Una vez, el jefe sacó del bolsillo una caja de puritos Winterman's y le ofreció uno. Kees lo tomó no sin alivio, porque le pareció que eso denotaba una cierta buena voluntad por parte de sus secuestradores, y el jefe le dio lumbre con un encendedor de oro. Era un Dupont, como el suyo.

– Tengo uno igual -murmuró.

El jefe asintió amablemente como si estuviera al tanto de ello y entreabrió la ventanilla para que no les molestara el humo.



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