
– Puedo darle mucho dinero. Más del que usted imagina siquiera.
El jefe asintió con lentitud comprensiva. Luego suspiró.
– Cállese -repitió.
Durante una hora rodaron en casi total silencio.
Kees era una persona pragmática y sabía bien que irritar al prójimo no servía de nada, sobre todo cuando el prójimo iba animado de aviesas intenciones. A medida que pasaba el tiempo, sin embargo, sentía más miedo. Sudaba. Una vez se pasó el dedo índice por la frente; lo hizo con mucho cuidado para que no se enfadara el animal que iba sentado a su derecha. Una gota de sudor rodó hacia el cuello de su camisa. Una vez, el jefe sacó del bolsillo una caja de puritos Winterman's y le ofreció uno. Kees lo tomó no sin alivio, porque le pareció que eso denotaba una cierta buena voluntad por parte de sus secuestradores, y el jefe le dio lumbre con un encendedor de oro. Era un Dupont, como el suyo.
– Tengo uno igual -murmuró.
El jefe asintió amablemente como si estuviera al tanto de ello y entreabrió la ventanilla para que no les molestara el humo.
